El sabio tropezó y cayó, y de su cabeza abierta brotó una miríada de brillantes pensamientos que, liberados de la presión intracraneal, flotaron libremente por el tiempo y por el espacio.

Lástima que el rozamiento con el aire y la presencia de fenómenos meteorológicos acabaran por degradarlos, hasta convertirlos en ruido blanco gaussiano.